1- La Eucaristía como Sacramento.
La Eucaristía es el Sacramento que contiene realmente a Jesucristo, bajo las apariencias del pan y del vino, para alimento de las almas.
La materia de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de uva.
En la Eucaristía está verdaderamente presente el mismo Jesucristo, que estuvo durante treinta y tres años sobre la tierra, y que ahora reina glorioso y triunfante en el cielo. Debemos creer que Jesucristo está verdaderamente en la Eucaristía, porque El mismo lo ha dicho y así nos lo enseña la Santa Iglesia.
La Sagrada Eucaristía se llama Misterio de fe. En realidad es el misterio que más ejercita nuestra fe.
La forma de la Eucaristía son las palabras de la consagración. “Este es mi Cuerpo”. “Este es el cáliz de mi Sangre”. El ministro de la Eucaristía es el sacerdote.
La hostia antes de la consagración es pan. Después de la consagración, la hostia es el verdadero cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, bajo las apariencias de pan. En el cáliz, antes de la consagración, hay un poco de vino con algunas gotas de agua. Después de la consagración, en el cáliz hay la verdadera sangre de Nuestro Señor Jesucristo bajo las apariencias del vino.
En la Santa Misa, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, el pan se convierte en el Cuerpo, y el vino en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta maravillosa conversión se llama transubstanciación.
Jesucristo, que es Dios todopoderoso, es quien ha dado tanta virtud a las palabras de la consagración. Para Dios nada hay imposible. Después de la consagración nada queda del pan y del vino, sino sólo las especies o apariencias. La hostia parece pan y no es pan, y lo que hay en el cáliz parece vino, y no es vino.
Especies o apariencias son las cualidades sensibles del pan y del vino, como el color, olor, sabor, etc. Las especies del pan y del vino, después de la consagración, permanecen sin su substancia por virtud de Dios omnipotente. Después de la consagración, todo Jesucristo está en la hostia y todo Jesucristo está en el cáliz. En la hostia está bajo la apariencia del pan, y en el cáliz bajo la apariencia del vino.
Jesucristo en la Eucaristía, está vivo e inmortal como en el cielo. Donde está su Cuerpo, allí está también su Sangre, Alma y divinidad; y donde está su Sangre, allí está también su Cuerpo, Alma y Divinidad. En virtud de las palabras de la consagración, en la Hostia está el Cuerpo de Jesucristo; pero por concomitancia o compañía está también la Sangre, porque un cuerpo no puede estar vivo sin la sangre.
En virtud de las palabras de la consagración, en el Cáliz está la Sangre de Jesucristo; pero por concomitancia o compañía está también el Cuerpo, porque la sangre no puede estar viva sin el cuerpo.
Si se hubiera consagrado el pan y el vino cuando Jesús estaba muerto, puesto que entonces el Cuerpo y la Sangre estaban separados, bajo la apariencia del pan habría sólo el Cuerpo, y bajo la apariencia del vino habría sólo la Sangre.
Fue muy conveniente que la consagración fuera bajo las dos especies:
1º Porque así se representa más vivamente la Pasión y Muerte de Jesucristo en que su Sangre se separó del Cuerpo.
2º Porque la Eucaristía fue instituida para alimento de nuestras almas, y el perfecto alimento del cuerpo consiste en comida y bebida.
Jesucristo se halla al mismo tiempo en el Cielo y en todas las hostias consagradas.
Cuando se parte la Hostia, no se parte el Cuerpo de Jesucristo, sino sólo se parten las especies del pan. El Cuerpo de Jesucristo permanece entero en todas las partes en que se halla dividida la Hostia.
La Santísima Eucaristía se conserva en las iglesias para que los fieles adoren a Jesucristo, lo reciban en la sagrada Comunión y experimenten su perpetua asistencia y presencia en la Iglesia.
Un templo en el cual no está el Santísimo Sacramento inspira poca devoción. En cambio, en el templo donde está Jesús Sacramentado, el corazón del cristiano creyente se llena de respeto y fervor.
Debemos adorar la Sagrada Eucaristía, porque contiene verdadera, real y substancialmente a Nuestro Señor Jesucristo. Cuando comulgamos, recibimos el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, con su Sangre, Alma y Divinidad, bajo las apariencias del pan.
En los primeros tiempos de la Iglesia los cristianos comulgaban bajo las dos especies. Más tarde, aumentando el número de los cristianos, la comunión bajo la especie del vino ofrecía serias dificultades. La Santa Iglesia ordenó que sólo los sacerdotes, cuando celebran el Santo Sacrificio de la Misa, comulguen bajo las dos especies. Aunque se comulgue sólo bajo la apariencia del pan se recibe también la Sangre de Jesucristo; pues Jesucristo está todo en cada una de las dos especies.