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El décimo mandamiento es: No codiciar los bienes ajenos.

Prohíbe todo deseo injusto de los bienes ajenos.  

El séptimo mandamiento prohíbe toda injusticia externa, y el décimo prohíbe toda injusticia interna

Dios es quien da todos los bienes de fortuna, naturaleza y gracia, y todo lo dispone con sabiduría y bondad infinitas, para bien de los que le aman. Nosotros sólo debemos procurar amar a Dios y hacer su divina voluntad. Si Dios nos quiere pobres, no hemos de querer ser ricos. Si Dios nos da riquezas, empleémoslas, no en satisfacer caprichos, sino en hacer el bien.  

Jesucristo quiso ser pobre y nacer de madre pobre, y aun llamó espinas a las riquezas. Los pobres se salvan más fácilmente que los ricos. Dijo Jesucristo: Más fácil cosa es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar el rico en el reino de Dios. (S. Marcos, X, 25). Por tanto, los pobres, en vez de quejarse, deben dar gracias a Dios por haberlos librado de los peligros de condenación eterna que van anexos a las riquezas. 

Los ricos deben evitar estos peligros haciendo limosna y todo el bien que puedan a los pobres, porque Jesucristo ha dicho: “Lo que hiciereis a uno de los pobres, a Mí lo hacéis”. 

La vida presente es brevísima; pasará como una sombra fugaz. Las verdaderas riquezas son las obras buenas. Más vale el premio eterno que Dios nos dará por un solo Padre nuestro bien rezado, que todo el oro del mundo. 

¡Oh hombres! Si conocierais el valor de las obras buenas, todo vuestro empeño sería enriqueceros de ellas. 

Confiemos en Dios: pongamos en sus manos todo nuestro porvenir y recordemos a menudo lo que dijo N. S. Jesucristo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura”.   

CONCLUSIÓN 

¡Cuán hermoso sería que todos los hombres conocieran y practicaran la ley de Dios! El mundo sería un cielo anticipado: no habría asesinos, ladrones, borrachos; los pobres serían socorridos abundantemente; no habría tantas enfermedades; podríamos vivir tranquilos sin temor de que nadie nos dañara injustamente. 

Nosotros no podemos hacer que todos los hombres conozcan y cumplan la ley de Dios. Pero podemos contribuir a que la conozcan y practiquen algunas personas de nuestras relaciones, y sobre todo, podemos y debemos conocerla y practicarla nosotros mismos.  

Esto es lo que más nos interesa, pues así seremos miembros sanos de la sociedad, agradaremos a Dios y conseguiremos la eterna felicidad.

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